Allí arriba, encima de esa montaña, viendo las montañas y las casas a quinientos metros por lo menos de nuestros pies... Las torres destruidas jamás se vieron tan hermosas como a tu lado. Bajé por el terraplén hasta dentro de esa torre caída del siglo trece. Tú escalaste hasta la cima de la torre y me sonreíste a siete metros encima de mí. <<¡Tonto!>>, te grité, pero me moría por besarte. Me ayudaste a subir hasta la ventana de esa torre y vi como el horizonte estaba delante mío y tú a mi lado. Si mi mejor amiga no hubiera estado, te habría comido a besos. Luego bajamos, me cogía a tu espalda para no caerme, me sujetabas y me sonreías, y en tus ojos pude ver que tú también me necesitabas. Luego al bajar me tomaste de la mano, me ayudaste a subir al tejado de la casa. Y me hice daño. Me subiste a tu espalda y yo me aferré a tu cuello, respiré en él.
Al llegar a casa, me miré las piernas llenas de arañazos. me había echo daño y apenas podía andar. Pero el estar contigo... Eso no tenía precio.
La subida fue dura, pero las vistas... Eran increíbles.
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