lunes, 26 de julio de 2010

Ese sábado tan esperado.

Llegué ese día por la mañana y me tumbé en la toalla, cuando entonces te vi correr entre los árboles, con una camiseta negra y una sonrisa en los labios. Entonces te cogiste a la valla, saltaste y me sonreíste. Y así nos quedamos, toda la mañana hablando y sonriendo, sin cansarnos jamás. Viniste dando la misma sorpresa por la tarde y podía ver en tus ojos que me querías. Cumpliste el sueño de mi mejor amiga y escalando nos llevaste a aquel castillo en ruinas. Me tomabas de la mano y me ayudabas a subir, el roce de tu mano con la mía me elevaba hasta el Edén, mis labios se morían por besarte pero aún no era el momento.
Allí arriba, encima de esa montaña, viendo las montañas y las casas a quinientos metros por lo menos de nuestros pies... Las torres destruidas jamás se vieron tan hermosas como a tu lado. Bajé por el terraplén hasta dentro de esa torre caída del siglo trece. Tú escalaste hasta la cima de la torre y me sonreíste a siete metros encima de mí. <<¡Tonto!>>, te grité, pero me moría por besarte. Me ayudaste a subir hasta la ventana de esa torre y vi como el horizonte estaba delante mío y tú a mi lado. Si mi mejor amiga no hubiera estado, te habría comido a besos. Luego bajamos, me cogía a tu espalda para no caerme, me sujetabas y me sonreías, y en tus ojos pude ver que tú también me necesitabas. Luego al bajar me tomaste de la mano, me ayudaste a subir al tejado de la casa. Y me hice daño. Me subiste a tu espalda y yo me aferré a tu cuello, respiré en él.
Al llegar a casa, me miré las piernas llenas de arañazos. me había echo daño y apenas podía andar. Pero el estar contigo... Eso no tenía precio.
La subida fue dura, pero las vistas... Eran increíbles.

No hay comentarios:

Publicar un comentario